3.1 Gestión de Recursos humanos. Habilidades técnicas y personales

Antes de hacer la evaluación, creo yo que hay que definir más o menos qué significan los cinco niveles. Así que, partiendo de la clásica clasificación rolera, que es algo que tengo fresco, y sin tomarnos las cosas demasiado en serio, quedaría como algo así:

  1. Doy lastimita en ese ámbito. La gente ya ni se ofrece a ayudarme, porque sabe que soy una causa perdida.
  2. Mal, pero con esperanza. Sigo dando pena a veces, pero ya no vergüenza.
  3. Lo normal para un ser humano normal en un mundo estadísticamente normal.
  4. Bien, domino el tema, me defiendo sin demasiados problemas en casi todo lo relacionado con ello.
  5. Un dios encarnado. Las masas acuden a mí en busca de ayuda y guía, pero no pueden aspirar a esos niveles.

Reflexiones: Claramente hay un antes y un después de la vida como tutor. Aunque soy una persona por natural introvertida, siempre me he tomado muy en serio mi labor tutorial, y la necesidad de conectar con mi alumnado, de estar lo más próximo posible a los padres y madres, porque para ellos la mayor preocupación siempre que vienen a hablar con un tutor o tutora son sus hijos, y eso merece todo el respeto y el esfuerzo posible. Con lo cual, respecto a mi yo de los veinte años, sin lugar a dudas he mejorado bastante en ámbitos como Preocupación, Empatía, Asertividad y Escucha activa.

Reflexiones: en el ámbito de las habilidades técnicas, soy totalmente consciente que necesito reforzar mis habilidades de liderazgo (Gestión del conflicto, negociación, coordinación); y que aún no me siento plenamente cómodo en la dirección (y lo que me queda), en lo que enmarcaría las habilidades de Evaluación y Profesionalidad. Hay mucho que aprender, hay que dar un giro conceptual muy importante respecto a la labor de profesor, y eso lleva tiempo. Por otra parte, soy una persona muy organizada en la planificación, y aprovecho enormemente el tiempo, habilidad que he desarrollado necesariamente al ser profesor, papá y escritor al mismo tiempo. Cada segundo tiene que contar, porque no hay más. A eso hay que añadir que motivación me sobra, porque me gusta lo que hago y estoy convencido de que vale la pena, a pesar de lo cual cuando te paras a pensar en la responsabilidad abruma más que un poco y echa para atrás (conclusión: no pararse a pensar demasiado); y que conozco mi centro, y su barrio, y su pueblo, como si me hubiera criado en él, porque llevo toda la vida viviendo en ese pueblo. Y eso para algunos profesores es algo de lo que huyen, pero para mí es algo que me encanta. Casi siempre.

J.

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